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Felipe: en el Seminario «APRENDÍ A VERME, SIN SOMBRAS, COMO UN HIJO AMADO DE DIOS»

En las aulas, los patios y las conversaciones del SET, el Evangelio se me reveló en su esencia más pura: es una buena noticia liberadora. Aquí, la Palabra dejó de ser un martillo para convertirse en un abrazo. Recobré la esperanza de que mi vida, toda ella, tenía un lugar digno en el propósito de Dios. Mi llamado al pastorado, que antes sentía bajo sospecha, se fortaleció con la convicción de que era auténtico y necesario. El Seminario me equipó con herramientas teológicas fundamentales, pero la más transformadora fue aprender a verme, sin sombras, como un hijo amado de Dios. También amplió mis horizontes de manera radical; comprendí que la fe se nutre no solo de la Escritura, sino también de la tradición de la Iglesia y del don de la razón. Esta visión más integral me liberó del dogmatismo y me enseñó que mi práctica de fe no detenta la única verdad, sino que es parte de un cuerpo diverso y hermoso. Por todo esto, el SET representa en mi vida el lugar donde el mensaje de Jesús dejó de ser una teoría distante para convertirse en la fuerza que me devolvió la vida, me afirmó en mi vocación y me envió a servir desde la gracia plena y la libertad conquistada. (Felipe Marrero Ávila. Episcopal, graduado de bachiller en Estudios Bíblico-teologicos (2023), estudia actualmente en el programa de Maestría en Liturgia)

Regresa el tiempo de capilla

Ayer miércoles (15 de abril) se reanudó el servicio devocional en la capilla, para los trabajadores y las familias residentes en el Seminario. Como dijo el rector, Dr. Ary Fernández, «no podemos dejar que las circunstancias decidan por nosotros», hay que retomar la iniciativa y «quitar la piedra» que nos quiere mantener sepultados. En lo adelante, TODOS LOS MIÉRCOLES, en el horario habitual, se reabre la capilla «La Resurrección», para compartir la Palabra y dejar que el Espíritu Santo continúe obrando, a fin de que llegue pronto el día en que la comunidad del Seminario en pleno vuelva a reunirse en ese tiempo de adoración que tanto necesitamos para nuestra alimentación espiritual, y podamos otra vez entonar el canto que dice: «Por qué perder las esperanzas de volverse a ver. El Señor que nos protege nos ha de bendecir, seguro que otro día nos ha de reunir»

Annelise: «El Seminario fue un medio de gracia en mi vida»

El seminario fue mucho más que una etapa académica en mi vida; fue un tiempo en el que Dios fue trabajando profundamente en mi corazón, afirmando y dando forma a mi vocación. En lo intelectual, allí nació en mí un amor nuevo por el Antiguo Testamento y por las lenguas bíblicas. A través del estudio, comencé a ver la riqueza de la revelación, la historia de la salvación y la complejidad de la experiencia humana desde una perspectiva nueva. No era solo aprender contenidos, sino aprender a escuchar la voz de Dios en las Escrituras con mayor fidelidad y profundidad. Pero el Seminario no fue solo un espacio de estudio, sino también de comunidad. Dios usó a profesores y a compañeros que se convirtieron en hermanos para acompañar mi proceso. En medio de conversaciones y vivencias compartidas, fui comprendiendo que el llamado no se discierne en soledad, sino en el caminar con otros, dentro del cuerpo de Cristo. A través de los años, he podido servir en distintas áreas que marcaron mi corazón: la educación cristiana, el acompañamiento a comunidades migrantes y el cuidado pastoral de personas en momentos de fragilidad. En cada una de estas experiencias, confirmé una verdad aprendida en el SET, que la teología cobra sentido cuando se encarna en la vida y en el servicio a los demás. Hoy, al mirar atrás, reconozco que el Seminario fue un medio de gracia en mi vida. No solo me dio herramientas para el ministerio, sino que me ayudó a comprender mejor mi llamado y a responder a él con mayor claridad y propósito. Fue allí donde Dios, con paciencia y fidelidad, terminó de afirmar el camino al que me estaba invitando. (Annelise Albisa de Armas. Presbiteriana, graduada como licenciada en teología (2005). Residente en Tampa, Fla., E.U.A.)

El fracaso de todos los fracasos

(Extracto del mensaje pascual presentado en el SET por el Rev. Orestes Roca Santana, en el culto de Resurrección del 5 de abril de 2026) La resurrección es un acontecimiento de luz. Ángeles que brillan como relámpagos, ropas blancas como la nieve, un temblor de tierra que sacude todo. Es un momento de gloria, de poder, de victoria. Solemos imaginarlo como una explosión de luz que anuncia que la muerte ha sido vencida. Pero hay algo que a veces pasamos por alto. Algo que está en el texto y que merece nuestra atención. Las mujeres no fueron al sepulcro esperando esa luz. Ellas no fueron a celebrar una victoria. Fueron a lo único que, desde su perspectiva, quedaba por hacer. Fueron a cumplir con el último gesto de amor hacia un muerto. Fueron a constatar lo que todos daban por cierto: que todo había terminado, que la piedra seguía ahí, que la muerte, una vez más, había hecho su trabajo. Ellas caminaban hacia el sepulcro con el peso de un fracaso que no tenía vuelta atrás. No llevaban perfumes para ungir a un rey victorioso. Llevaban perfumes para cubrir el olor de un cadáver. No iban con cantos de alabanza. Iban en silencio, con el corazón apretado, haciendo lo único que se puede hacer cuando ya no hay nada más que hacer. El fracaso es algo que nos ocurre a todos. Algo que, cuando sucede, parece que ningún giro positivo podrá cambiarlo. El fracaso… Es el vacío que sienten en sus estómagos los estudiantes cuando buscan su nombre en la lista de aprobados en una asignatura y no aparece. Es el cirujano que regresa del salón de operaciones, se quita la máscara y deja ver una expresión que nos dice, sin necesidad de preguntar, que la operación no ha sido exitosa. Es ese desasosiego que tenemos cuando sabemos que la relación con nuestra pareja ya no funciona y, por mucho que nos esforcemos, lo único que hacemos es alejarla más. Es derrota, tocar fondo. Y ese fracaso del que hablamos no es solo personal; también tiene rostro y vivencias colectivas. Hablamos de lo que muchos estamos viviendo hoy. Es el fracaso ante el apagón que nos deja a oscuras no solo en las casas, sino en los proyectos de vida. Es el desespero de madres y padres que no saben cómo alimentar a sus hijos. Es el fracaso de jóvenes que sienten que su futuro se les escapa. Es el fracaso de la libertad postergada, de callar lo que piensas porque el miedo se ha instalado dentro de uno. El fracaso de las relaciones de nuestro país con su vecino que acaba con sanciones que, aunque buscan impactar en las estructuras de poder, al final terminan golpeando al pueblo que resiste, espera y sobrevive. Nuestro pueblo lleva décadas caminando hacia el sepulcro, cargando promesas que nunca se cumplieron, sosteniendo esperanzas que una y otra vez se rompen contra la misma piedra. Es el cansancio acumulado de generaciones. Es la sensación de estar atrapados en un ciclo donde cada nuevo amanecer parece repetir la misma noche. Es el desgaste de vivir esperando algo que siempre parece posponerse. Y poco a poco, casi sin darnos cuenta, el alma se acostumbra a sobrevivir sin esperar demasiado. Cuando la esperanza se prolonga demasiado sin respuesta, el alma comienza a creer que todo esfuerzo termina en decepción. Cuando el fracaso dura tanto, empieza a parecer eterno. Empieza a sentirse como destino. Y, sin embargo, a pesar de todo eso, aquí estamos. Siguiendo a alguien que también conoció el fracaso de cerca. Vivimos en un ciclo de promesas rotas donde el cansancio ya no es solo físico, sino del alma. Es el agobio de sentir que cada esfuerzo se estrella contra el mismo muro de escasez y silencio. Hemos aprendido a caminar con el peso de esperanzas que parecen haber muerto en el camino, frente a una piedra que no solo cierra un sepulcro, sino que intenta sepultar nuestro derecho a soñar con una vida digna. Pero luego llega el giro… El texto dice que el ángel brillaba como un relámpago. Y en un país como el nuestro, donde la oscuridad se ha vuelto una vecina más, donde los apagones nos han enseñado a vivir a tientas, esa luz no es un detalle menor. Porque lo que ocurre en el sepulcro no es solo que una piedra fue removida. Es que, en medio del apagón más absoluto de la historia, donde la muerte misma apagó la luz del mundo, Dios enciende un relámpago que nadie puede controlar, que no depende de ninguna termoeléctrica ni de ningún generador. Esa luz anuncia que la oscuridad, por más larga que sea, nunca tendrá la última palabra. Dice el texto que las mujeres salieron corriendo del sepulcro con miedo y mucha alegría a la vez, incapaces de dar una explicación lógica a lo que había pasado. Pero algo ha ocurrido, y después de eso ya nada será igual otra vez. Hermanas y hermanos, Jesús murió en un aparente fracaso, pero en su resurrección el poder del fracaso, el poder también de nuestros fracasos, se destruyó para siempre. La resurrección de Cristo es el fracaso de todos los fracasos. Aunque hoy no tengas luz en tu casa, hay una luz que no se apaga. Aunque hoy falte el pan, hay una vida que no puede ser quitada. Aunque hoy no veas salida, la piedra ya fue removida. Cristo no resucitó para enseñarnos a resignarnos a nuestras desgracias, sino para abrir una brecha en el muro que nos encierra. La resurrección no es para los que ya están bien. Es para los que están en la tumba. Es para ti, es para mí, es para todos. La oscuridad que cubre a nuestro pueblo no es la última página de su historia. Las piedras que sellan sus sueños ya han sido movidas. Pueblo de Dios, destruyan con Jesús los muros del fracaso, y vivan, vivan la gloria de Dios. ¡Aleluya! Amén.

RENACER DE LA ESPERANZA. Memorias de un Capellán de prisiones

«Es extraño encontrar el tema de las prisiones, tanto en la literatura como en el cine, que no sea abordado desde el género de aventura o de lo más siniestro, algo que evoca cierta curiosidad morbosa. En parte se debe también al hecho de que la institución penitenciaria es la más distanciada y la menos visible en la vida cotidiana de la población. Este libro sorprenderá por el tono de su mensaje desde el punto de vista de un Capellán, el cual se atreve a decir que ha experimentado, de un modo peculiar, la presencia divina en la labor de acompañamiento pastoral a personas que atraviesan crisis existenciales al haber sido testigos de transformaciones impresionantes en la búsqueda de un sentido de la vida. De aquí el provocador título del libro, RENACER DE LA ESPERANZA, donde se aborda el tema de la espiritualidad en la prisión sin dejar de considerar las decepciones que existen debido a las prácticas pastorales mal enfocadas en el proselitismo.» Publicación del Seminario Evangélico de Teología, 2025 Su autor, el reverendo Francisco Rodés González, comparte su fe en la Fraternidad de Iglesias Bautistas. Durante varias décadas ha sido profesor invitado en el Seminario Evangélico de Teología (Matanzas), para enseñar Historia de la Iglesia. Desde 2009 es Coordinador nacional de la Capellanía Carcelaria, del Consejo de Iglesias de Cuba, donde se involucran 220 capellanes de diversas denominaciones protestantes cubanas.