«El milagro vocacional nace del encuentro de dos libertades: la de Aquel que llama –Dios— y de aquel que responde –la persona—. Un encuentro que se hace diálogo: el “sí” del Creador y el “sí” de la criatura inician un diálogo existencial que dura toda la vida.»
Pero, «la llamada de Dios no cae en una tierra neutra, sino que encuentra en la personalidad del hombre un terreno con capacidad de responder a esa llamada, pero también tiene sus límites y condicionamientos, sus reservas. Véase a este respecto la parábola del sembrador (cf. Mt 13,1-23).»
«Así pues, la vocación es un don que recibimos de Dios, pero conscientes de que llevamos un tesoro en vasijas de barro (cf. 2 Co 4,7). Esta vasija representa el terreno que acoge la palabra de Dios, la realidad antropológica que enmarca la respuesta humana a la llamada divina, respuesta más o menos libre, más o menos plena, según las limitaciones morales y psicológicas de la persona.» (A. M. Oppo)