(Extracto del mensaje pascual presentado en el SET por el Rev. Orestes Roca Santana, en el culto de Resurrección del 5 de abril de 2026)

La resurrección es un acontecimiento de luz. Ángeles que brillan como relámpagos, ropas blancas como la nieve, un temblor de tierra que sacude todo. Es un momento de gloria, de poder, de victoria. Solemos imaginarlo como una explosión de luz que anuncia que la muerte ha sido vencida. Pero hay algo que a veces pasamos por alto. Algo que está en el texto y que merece nuestra atención. Las mujeres no fueron al sepulcro esperando esa luz. Ellas no fueron a celebrar una victoria. Fueron a lo único que, desde su perspectiva, quedaba por hacer. Fueron a cumplir con el último gesto de amor hacia un muerto. Fueron a constatar lo que todos daban por cierto: que todo había terminado, que la piedra seguía ahí, que la muerte, una vez más, había hecho su trabajo. Ellas caminaban hacia el sepulcro con el peso de un fracaso que no tenía vuelta atrás. No llevaban perfumes para ungir a un rey victorioso. Llevaban perfumes para cubrir el olor de un cadáver. No iban con cantos de alabanza. Iban en silencio, con el corazón apretado, haciendo lo único que se puede hacer cuando ya no hay nada más que hacer.

El fracaso es algo que nos ocurre a todos. Algo que, cuando sucede, parece que ningún giro positivo podrá cambiarlo. El fracaso…
Es el vacío que sienten en sus estómagos los estudiantes cuando buscan su nombre en la lista de aprobados en una asignatura y no aparece.
Es el cirujano que regresa del salón de operaciones, se quita la máscara y deja ver una expresión que nos dice, sin necesidad de preguntar, que la operación no ha sido exitosa.
Es ese desasosiego que tenemos cuando sabemos que la relación con nuestra pareja ya no funciona y, por mucho que nos esforcemos, lo único que hacemos es alejarla más.
Es derrota, tocar fondo.

Y ese fracaso del que hablamos no es solo personal; también tiene rostro y vivencias colectivas. Hablamos de lo que muchos estamos viviendo hoy. Es el fracaso ante el apagón que nos deja a oscuras no solo en las casas, sino en los proyectos de vida. Es el desespero de madres y padres que no saben cómo alimentar a sus hijos. Es el fracaso de jóvenes que sienten que su futuro se les escapa. Es el fracaso de la libertad postergada, de callar lo que piensas porque el miedo se ha instalado dentro de uno. El fracaso de las relaciones de nuestro país con su vecino que acaba con sanciones que, aunque buscan impactar en las estructuras de poder, al final terminan golpeando al pueblo que resiste, espera y sobrevive.
Nuestro pueblo lleva décadas caminando hacia el sepulcro, cargando promesas que nunca se cumplieron, sosteniendo esperanzas que una y otra vez se rompen contra la misma piedra. Es el cansancio acumulado de generaciones. Es la sensación de estar atrapados en un ciclo donde cada nuevo amanecer parece repetir la misma noche. Es el desgaste de vivir esperando algo que siempre parece posponerse. Y poco a poco, casi sin darnos cuenta, el alma se acostumbra a sobrevivir sin esperar demasiado. Cuando la esperanza se prolonga demasiado sin respuesta, el alma comienza a creer que todo esfuerzo termina en decepción. Cuando el fracaso dura tanto, empieza a parecer eterno. Empieza a sentirse como destino.
Y, sin embargo, a pesar de todo eso, aquí estamos. Siguiendo a alguien que también conoció el fracaso de cerca.
Vivimos en un ciclo de promesas rotas donde el cansancio ya no es solo físico, sino del alma. Es el agobio de sentir que cada esfuerzo se estrella contra el mismo muro de escasez y silencio. Hemos aprendido a caminar con el peso de esperanzas que parecen haber muerto en el camino, frente a una piedra que no solo cierra un sepulcro, sino que intenta sepultar nuestro derecho a soñar con una vida digna.

Pero luego llega el giro… El texto dice que el ángel brillaba como un relámpago.
Y en un país como el nuestro, donde la oscuridad se ha vuelto una vecina más, donde los apagones nos han enseñado a vivir a tientas, esa luz no es un detalle menor. Porque lo que ocurre en el sepulcro no es solo que una piedra fue removida. Es que, en medio del apagón más absoluto de la historia, donde la muerte misma apagó la luz del mundo, Dios enciende un relámpago que nadie puede controlar, que no depende de ninguna termoeléctrica ni de ningún generador. Esa luz anuncia que la oscuridad, por más larga que sea, nunca tendrá la última palabra. Dice el texto que las mujeres salieron corriendo del sepulcro con miedo y mucha alegría a la vez, incapaces de dar una explicación lógica a lo que había pasado. Pero algo ha ocurrido, y después de eso ya nada será igual otra vez.
Hermanas y hermanos, Jesús murió en un aparente fracaso, pero en su resurrección el poder del fracaso, el poder también de nuestros fracasos, se destruyó para siempre. La resurrección de Cristo es el fracaso de todos los fracasos. Aunque hoy no tengas luz en tu casa, hay una luz que no se apaga. Aunque hoy falte el pan, hay una vida que no puede ser quitada. Aunque hoy no veas salida, la piedra ya fue removida. Cristo no resucitó para enseñarnos a resignarnos a nuestras desgracias, sino para abrir una brecha en el muro que nos encierra.
La resurrección no es para los que ya están bien. Es para los que están en la tumba. Es para ti, es para mí, es para todos. La oscuridad que cubre a nuestro pueblo no es la última página de su historia. Las piedras que sellan sus sueños ya han sido movidas. Pueblo de Dios, destruyan con Jesús los muros del fracaso, y vivan, vivan la gloria de Dios. ¡Aleluya! Amén.