Jesús les dijo: «No tengan miedo. Corran a avisarles a mis discípulos, para que vayan a Galilea; allí me verán.» (Mateo 28: 1-10)

REFLEXIÓN
Cuando aquellas mujeres fueron al sepulcro ese primer día de la semana, no iban a celebrar, iban a despedirse. Jesús había muerto en un fracaso total: traicionado, abandonado, condenado injustamente y ejecutado públicamente. La piedra sellada era el punto final de todas las esperanzas. Muchos de nosotros conocemos bien esa piedra: aquello que no esperábamos, la relación que no pudo salvarse, el sueño que se derrumbó. El fracaso es real, y ningún giro positivo lo borra.
Pero entonces el ángel dice algo que lo cambia todo: «No está aquí, sino que ha resucitado». En ese momento, el muro más impenetrable de la historia se rasgó: la muerte y el fracaso dejaron de tener la última palabra. La resurrección de Cristo no niega nuestros dolores, los atraviesa y los transforma. Hoy, quien sigue a Jesús puede mirar de frente sus propios fracasos sabiendo que en él ya fueron vencidos. ¡Cristo ha resucitado y nada, absolutamente nada, volverá a ser igual! (Dr. Orestes Roca, capellán del SET)
ORACIÓN
Señor resucitado, gracias porque no dejaste que el fracaso ni la muerte tuvieran la última palabra. Hoy, en medio de todo lo que nos pesa y nos atemoriza, danos la valentía de creer que tu resurrección es también nuestra victoria. Que podamos levantarnos y vivir como pueblo que ya no teme, porque tú vives. Amén.